Con motivo de ‘Napoleón’, recuperamos esta oscarizada película de Ridley Scott que devolvía al cine las historias de romanos con gran éxito hace 23 años.
Haciendo un repaso exhaustivo por todas las películas que se han alzado con el Oscar (ese premio de tan dudosa reputación, al fin y al cabo es una industria premiándose a sí misma, nada más sospechoso) saltan las evidencias como chispas. Por ejemplo, que ‘El Padrino’ y ‘El Padrino, parte II’ son muy superiores a prácticamente todas las demás que lo han ganado desde entonces.
Y en cuanto a las que no lo merecían, teniendo en cuenta que eligen nada menos que la mejor película de todo un año, hay dos protagonizadas por el excelente, sanguíneo, instintivo y desaprovechado intérprete que es Russell Crowe. Una de esas dos es ‘Gladiator‘, la décimo primera realización del británico Ridley Scott (actualmente en cines con ‘Napoleón‘), que pronto tendrá una sorprendente secuela.
Con ‘Gladiator’, el cineasta recuperó el crédito comercial después de varios rotundos fracasos de público, y a la que cierto sector de la crítica, sobre todo de su país de origen (en opinión de quien esto escribe a años luz de la exigencia de los críticos europeos), trató con una vehemencia desproporcionada, al igual que los aficionados al cine, quienes la valoran muy por encima de lo que merece. Si sus limitaciones eran evidentes en su momento, ahora son escandalosas, y aunque también posee ciertas virtudes, no son suficientes.
El subgénero de romanos, que podría situarse entre el género del melodrama histórico y el de melodrama de aventuras, gozó de cierto esplendor hace ya unas cuantas décadas. Y de la misma forma que obtuvo grandes éxitos económicos, su decadencia y desfase fue rápida e inmisericorde. A fin de cuentas, y si repasamos su tradición, no se puede decir que ninguna gran personalidad cinematográfica se haya ocupado de él y haya dado una aportación de peso.
Por supuesto que hay títulos emblemáticos, pero su razón de ser quizá desapareció con el género. Por eso la apropiación de los códigos del péplum por parte de Ridley Scott y su equipo fue, primeramente, una estratagema comercial, servida con una campaña de marketing formidable. Pero, ¿hay algo personal en este ‘Gladiator’?
Una recreación decepcionante de la época
A principios de la década de los 2000, los efectos digitales habían llegado a una plenitud impensable cinco o seis años antes. Ellos fueron uno de los reclamos publicitarios de la película de Ridley Scott, sin embargo, el tratamiento de los mismos no fue todo lo perfecto que podría desearse. Inesperadamente, este apartado fue galardonado con uno de los cinco Premios Óscar que ganó el film (Scott, por cierto, se fue con las manos vacías).
De hecho, en comparación con otra película de aquel mismo año, ‘La tormenta perfecta‘ de Wolfgang Petersen, los efectos son muy inferiores. En la de Petersen conocían las limitaciones de la integración 3D, y su recreación de la tormenta marina es asombrosa. No se puede decir lo mismo de la recreación de la arquitectura imperial romana. Los planos aéreos cantan bastante, pero los fondos son una equivocación, y comprometen la integridad de la atmósfera que se intenta buscar.
Pero tampoco es que en ningún momento se pretenda una fidelidad histórica, como sí logran en la extraordinaria serie ‘Roma‘. Y no hablo sólo de esos errores de atrezzo de los que tanto se habla en internet sino de la recreación de una época que responde más al gusto barroquista y excesivo, pagado de sí mismo, de Ridley Scott (que encomendó la tarea a un hombre que se haría habitual suyo, Arthur Max), que a la elaboración de un ambiente narrativo que se erija en herramienta emocional.
Pensemos por ejemplo en la batalla inicial, que es un alarde de medios. Filmada en Surrey, Reino Unido, su temperatura de color, con ese sol invernal que convertía el bosque en algo espectral, fue captada muy bien por el operador jefe, John Mathieson, que sabía de la velocidad de filmar en Super 35, pero dado el caos de planificación (marca de Scott), todo se echa a perder.
Ese uso de velocidades y obturaciones extrañas en la batalla se empleó de manera mucho más bella en ‘Los siete samuráis‘ de Akira Kurosawa, en 1954, o incluso en ‘Salvar al soldado Ryan‘ de Steven Spielberg, en 1998. Aquí parece la última solución para una batalla que tuvo que ser mutilada por falta de dinero, y para la que no había tiempo.
